Se
cumplen cien años de la prohibición del uso de drogas en Estados
Unidos y Gran Bretaña. Prohibición que poco después se impuso en
todo el mundo. Hace ya un siglo que se tomó la fatídica decisión
de coger a los adictos para castigarles, hacerlos sufrir y
estigmatizarlos, porque creían que eso los disuadiría y les daría
un incentivo para detener su consumo. Cuando tratas con adictos y te
preguntas cómo ayudarles, uno se da cuenta de la increíble cantidad
de preguntas básicas que hay sin responder. Por ejemplo, ¿qué es
lo que provoca una adicción? ¿Por qué seguimos con esta
perspectiva que aparentemente no funciona? ¿No habrá una mejor
manera de intentarlo? Considero que he estudiado, debatido,
compartido y vivido lo suficiente el mundo de las adicciones para
decir que casi todo lo que creemos saber sobre la adicción está
equivocado, o cuanto menos sesgado.
Empecemos
por lo que creemos que sabemos. Pensamos que, como hay ganchos o preferencias químicas en la heroína, por ejemplo, si la consumes por un tiempo
tu cuerpo se hará dependiente a estos ganchos. Empezarás a
necesitarlos físicamente. Pero es fácil adivinar que algo no
cuadra. Cuando alguien es hospitalizado se le administra mucha
diamorfina (es heroína mucho más pura que la que se vende en la
calle). Y la van a recetar por un largo periodo de tiempo. Si lo que
creemos de la adicción es correcto, todas las personas expuestas a
los ganchos químicos deberían volverse adictos, incluso entre las
millones de personas hospitalizadas en todo el mundo a las que se le
administra diamorfina. Se ha estudiado cuidadosamente y eso no
sucede, lo cual es cuanto menos sospechoso.
Tiempo
después descubrí a Bruce Alexander, un profesor de psicología de
Vancouver, el cual realizó un experimento increíble que nos ayuda a
comprender este tema. La idea de adicción que todos tenemos
proviene, en parte, de una serie de experimentos realizados a
principios del siglo XX. Estos experimentos eran muy sencillos.
Consistían en colocar a una rata en una jaula y se le ofrecían dos
botellas de agua. Una de las botellas contenía solo agua, y la otra
era agua mezclada con heroína o cocaína. Los resultados mostraron
que la rata casi siempre prefería el agua con droga y su vida
terminaba bastante rápido por sobredosis. En los años 70, cuando el
profesor Alexander vio esta serie de experimentos se dio cuenta de
algo. Se percató de que la rata estaba en una jaula vacía y
solitaria. No tenía nada que hacer excepto usar drogas. De manera
que el profesor Alexander probó algo diferente y construyó una
jaula a la que llamó "Parque de ratas", la cual era
básicamente el paraíso para las ratas. Había queso, aposentos
mullidos, túneles, ruedas de ejercicio y lo que es crucial; las
ratas se encontraban en compañía mutua, no estaban aisladas. Se
sabe que las ratas, al igual que los seres humanos, son seres
eminentemente sociales. En esta jaula mejorada también se les puso a
disposición las dos botellas de agua, una con agua normal y la otra
agua con droga. Lo fascinante fue que en el parque de ratas, a las
ratas no les gustaba el agua con droga. Casi nunca la tomaban.
Ninguna la usó compulsivamente. Ninguna tuvo sobredosis en ese
ambiente feliz y lleno de relaciones. Casi el 100% de ellas sufrieron
sobredosis al estar aisladas.
Si
creemos en la historia de los ganchos químicos, esto no tiene ningún
sentido. El profesor Alexander empezó a pensar que había una
historia diferente de la adicción. ¿Y si la adicción no tiene que
ver con los ganchos químicos? ¿Y si la adicción tiene que ver con
tu jaula? ¿Y si la adicción tiene que ver con tu adaptación al
ambiente? Por supuesto, este experimento tiene una falla importante:
el hecho de que la jaula mejorada sigue siendo una jaula,
y por lo tanto sigue siendo un medio carente de libertad. Pero a
pesar de ello resulta útil para entender el proceso de la adicción.
Otro
profesor, Peter Cohen, dijo: "tal vez no tendríamos que
llamarlo adicción. Tal vez deberíamos llamarlo conexión, o falta
de ella". El ser humano tiene una necesidad natural e innata de
conectarse. Pero si no pueden hacerlo (por las razones que sean), van
a vincularse con algo que les dé alguna sensación de alivio. Pueden
ser juegos del azar, pornografía, cocaína o cannabis. Van a
vincularse con algo porque es nuestra naturaleza.
Parte
esencial de la adicción (y la evidencia parece que lo sugiere), es
el no poder soportar estar presentes en nuestras vidas. Y esto es muy
significativo, sobre todo en lo que refiere a la "guerra contra
las drogas". En casi todo el mundo se trata a los adictos
mediante el castigo, la vergüenza, la estigmatización y la
culpabilidad, lo cual dificulta enormemente el establecimiento de
esas conexiones. Se construyen obstáculos donde deberían
construirse facilidades, apoyos y afectos. Gabor Maté, un doctor en
Canadá, dijo: "si quieres diseñar un sistema que empeore la
adicción, deberías diseñar este".
Hay
un lugar donde decidieron hacer lo contrario. En el año 2000,
Portugal tenía uno de los peores problemas de drogas en Europa.
Había una increíble cantidad de personas adictas a la heroína, y
cada vez más y más se usaba el método estadounidense: castigaban a
las personas, las avergonzaban, las marcaban, y cada año el
problema era peor. Ante esa situación, se decidió crear un panel de
científicos para ver cómo se podía resolver realmente el problema.
Tras revisar toda la evidencia hasta el momento, este grupo de
científicos dijo: "despenalicen todas las drogas, desde el
cannabis hasta el crack, pero (y este es un paso crucial) coged el
dinero que gastáis en aislar a los adictos y en desconectarlos, e
invertidlo en reconectarlos". La meta era asegurarse de que cada
adicto en Portugal tuviese algo que los hiciera dejar la cama por la
mañana. Los adictos de Portugal dijeron que al redescubrir su
propósito, redescubrieron sus vínculos y sus relaciones con las
comunidades de las que formaban parte. Este año se cumplirán quince
años desde que empezó este experimento a gran escala, y los
resultados están ahí: el uso de drogas inyectables se ha reducido
(de acuerdo al British Journal of Criminology), en un 50%. Tanto las
sobredosis como el VIH se redujeron enormemente entre los adictos.
Estos
resultados se obtuvieron llevando a cabo, sobre todo, programas
masivos de empleo. Bajo el sistema capitalista, la única sociabilidad
que se ha dejado intacta es el trabajo, es decir, la sociabilidad
bajo control. Es en ese medio controlado donde la inmensa mayoría de
personas se conectan con el resto, y es ahí donde el gobierno de
Portugal actuó. Si aun a través de esta sociabilidad bajo control
que es el trabajo se han logrado estos resultados tan sorprendentes,
solo cabe imaginar la enorme recuperación que supondría eliminar
la jaula, en lugar de limitarse
a hacerla más agradable.
Al igual que en el "parque de las ratas", esta experiencia
(aunque no sea idílica) nos ayuda a sacar valiosas lecciones de cara
al futuro.
Por
supuesto que todo esto tiene una serie de implicaciones políticas
bien remarcadas. Si resulta cierto que la desconexión es el motor
más importante de la adicción, ¿qué hacer en un mundo diseñado
para que cada cual se quede dentro de las cuatro pringosas paredes de
su privacidad? Hace mucho tiempo que ha calado el discurso de que
cada uno ha de buscarse "su" vida, que cada uno tiene que
cuidarse o desarrollarse por sí mismo. No existe propuesta vital
alguna que incluya a terceros. Nuestras metrópolis son los puntos
donde se desarrolla con más eficacia estas técnicas políticas del
capitalismo. Un medio en el que todo está hecho para que lo humano
se relacione solamente consigo mismo y se produzca separado de las
otras formas de existencia. Sobre la base de esta separación es
donde opera toda adicción. A pesar de que creemos estar más
conectados que nunca, estas relaciones que creemos tener son
solamente una parodia de las conexiones humanas auténticas. Las
ratas aisladas son mucho más propensas a desarrollar adicciones, y
los seres humanos (sobre todo en Occidente) también somos cada vez
más propensos a ello. La vida se parece cada vez más a una jaula
aislada.
Nadie
sabe lo que puede un encuentro.
El
profesor Bruce Alexander dijo: "hablamos de la adicción siempre
como una recuperación individual, pero necesitamos hablar más de
una recuperación social". Esta
tesis es tan cierta para las adicciones como lo es para el "fracaso
escolar", para la criminalidad,
para la depresión o
para las autolesiones.
El hecho de que todo esto sea un problema tan grande dentro de
nuestra sociedad revela que no todo está bien en nuestro mundo
colectivo,
revela el estrés psicológico en masa producido por unas condiciones
de existencia completamente alienadas.
El
gran
problema
de la ciencia empirista es que al ser tan determinista y
reduccionista termina por abstraer
a las
personas
vivientes
y sufrientes
del contexto social y político dentro del cual se desarrollan.
La cuestión social por excelencia es la de la relación con el mundo. El aislamiento, la separación entre el individuo y la comunidad, son la condición misma del funcionamiento de la maquinaria capitalista.[1]
Mientras
sigamos viendo estos comportamientos adictivos como enfermedades de
las cuales hay una esperanza de cura basada únicamente en
cambiar el mundo interno del enfermo (mediante fármacos, terapias o
castigos), en vez de derrocar el sistema estableciendo las conexiones
y las solidaridades necesarias, la mayor parte de nuestros esfuerzos
serán en vano. Porque lo opuesto a la adicción no es la sobriedad;
es la conexión, el vínculo, el
lazo.
La
historia del movimiento revolucionario es, en primer lugar, la
historia de los lazos que le otorgan su consistencia.
Cuando
trabajo con drogodependientes, personas a las que quiero, les hago
saber que no voy a juzgarles, castigarles o coaccionarles. Al
contrario, trato de establecer esas conexiones interpersonales y
afectivas que actúan verdaderamente como una terapia. La potencia
insurreccional de nuestros cuerpos vendrá más adelante. Por ahora
se tienen que establecer afectos, conexiones y solidaridades en el
día a día.
Ojalá
no hubiese sido necesario todo este proceso de investigación, todo
este devaneo analítico que tiende a deshumanizar a quienes padecen.
Ojalá hubiese sido suficiente con tener la voluntad de ayudar para
efectivamente poder hacerlo. Si fuera fácil no lo llamarían lucha.
Cien
años. Durante cien años hemos cantado canciones de guerra contra
las personas adictas. Cantemos ahora canciones de guerra contra la
civilización.
Notas
[1] Fragmento del libro ¿Chusma?, de Dell Umbria Alessi.